Migrar a España, una «montaña rusa» de emociones y aventuras: La historia de seis hondureñas

Migrar a España, una «montaña rusa» de emociones y aventuras: La historia de seis hondureñas

Por: Xochilth Rodríguez

ESPAÑA. En la aventura de migrar, cada caso es diferente, pero hay varios factores en común como dificultad para conseguir un trabajo, darse cuenta de que sin un permiso la paga es poca, el trato es a veces humillante y las jornadas interminables. Compartir habitación, añorar a la familia también algunos de los obstáculos que han vivido seis hondureñas que migraron y que ahora mismo están en distintos momentos de su adaptación, a continuación, un poco de su historia.

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Bárbara: «A palabras necias, oídos sordos»
Bárbara estaba en el baño de la casa donde trabaja como interna, es una joven de 18 años. Se sentía avergonzada y trataba de controlar las lágrimas que fueron ocasionadas por su jefa anterior.

“Había llegado una visita de la señora, y era la hora de la merienda, así que le pregunté qué iba a tomar: ¿Café o té? Al no recibir su respuesta, le preparé lo que tomaba frecuentemente: Un té. Al llevárselo, me preguntó frente a todos: “¿Qué es esto?”. “Un té”, le respondí. “¿Estás segura de que es una infusión?”, “Sí”, le dije. “¿Y es que acaso en tu país saben lo que es un té?”, me dijo”.

Bárbara me contó su anécdota entre risas, pero pude percibir que recordarlo le hacía revivir la vergüenza que sintió en aquel momento. Ya pasaron cuatro años desde el incidente, pero aún lo recuerda como si fuese ayer. Me dijo que su antigua jefa hacía ese tipo de comentarios con frecuencia, como si Bárbara no tuviera inteligencia para comprender cotidianidades de esta nación.

El camino de Bárbara ha sido duro, a pesar de vivir con sus dos hermanas, en más de una ocasión consideró regresar a Honduras. Su objetivo principal al migrar era estudiar una carrera universitaria, por lo que se inscribió, aunque sabía de los altos costos de la matrícula y mensualidad. Comenzó a trabajar como interna los fines de semana ganando 250 euros al mes, durante más de un año y medio; luego consiguió un empleo más durante la semana, logrando ganar 600 euros cada mes. Sumó después otro trabajo alcanzando los 1,100 euros. Es decir, trabajaba de lunes a domingo, más de 12 horas al día.

“Pasaba muy agotada, nunca estaba en algún tipo de celebración o fecha importante por permanecer trabajando y aparte que tenía unas obligaciones muy grandes en Honduras, así que mitad de lo que ganaba iba para allá y la otra mitad en gastos de vida acá. Aburrida de los malos comentarios y exageración de trabajo por no decir “explotación” dejé el trabajo del fin de semana en diciembre para empezar el año nuevo con nuevas energías, aunque lo pensé mucho porque sabía que ese dinero me iba a hacer falta”.

Muchos hondureños que migran a este país, se encuentran con una serie de cambios que les perjudican anímicamente, provocando el deseo de retornar a Honduras. Así lo confirman las investigaciones que ha realizado el equipo de la Fundación Eléutera en Honduras, una iniciativa ciudadana que intenta incidir por medio de políticas públicas para que la vida del hondureño sea más práctica, productiva y libre.

La misma se instaló en el país el año 2013, y desde entonces ha buscado visibilizar el aumento de la migración y las constantes violaciones a los derechos de los catrachos que migran. “Lo que afecta muchas veces es la discriminación que puede haber en España para el migrante. España tiene un contexto bastante complicado en este tema; entonces, la discriminación, el no encontrar trabajo, que no es tan fácil como a veces dicen, que es una decepción, todo esto influye en que las personas quieran regresarse. Estamos teniendo un retorno voluntario más importante desde España que desde Estados Unidos”, manifestó Elena Toledo, representante de Eléutera.

De acuerdo con datos recabados por la misma organización, en los primeros siete meses de 2022, Honduras ha recibido a 100 emigrantes retornados de España, 69 de ellos de manera voluntaria. España es el segundo país de destino al cual emigran los hondureños, reportando hasta la fecha, la cantidad de 125,435, residiendo en este país, según datos proporcionados por la Fundación Eléutera.

Bárbara ya ha cursado dos años de la carrera de Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Cádiz; sin embargo, actualmente no está matriculada, ya que al renunciar a uno de sus trabajos sus ingresos bajaron a 700 euros mensuales y según me detalló sus prioridades han cambiado y aunque anhela seguir sus estudios, debe cumplir con otras responsabilidades. Actualmente, se siente satisfecha porque se mudó. Ella y una de sus hermanas rentan un piso donde tiene más espacio, además de disfrutar dos días libres, lo que le genera paz mental.

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Deyni: “Una realidad que no esperaba”
Deyni Menjívar, salió desconcertada de la Policía de Salamanca. El documento que le dieron tras iniciar un proceso de protección internacional no tenía NIE (Número de Identidad de Extranjero), tampoco le indicaba una fecha en la que el permiso de trabajo estaría vigente. Solamente especificaba que dentro de un año tendría una segunda cita para exponer su solicitud. (La protección internacional es la ayuda que se ofrece a una persona que está fuera de su país y no puede regresar porque allí su vida corre peligro).

A pesar de que averiguó sobre la situación migratoria de España, cuando llegó en noviembre de 2021, la realidad le pegó de inmediato. Se encontró un primer obstáculo. Debido a la pandemia de la COVID-19 y el aumento de ucranianos migrando a España a causa de la guerra con Rusia; el sistema de citas en extranjería, las cuales se gestionan de forma virtual, estaba saturado y le fue muy difícil encontrar una disponible en Madrid, por lo que hizo una en Salamanca.

“Me impactó mucho, porque yo tenía planeado muchas cosas, tenía muchas ganas de ponerme a estudiar, por ejemplo, en la universidad de Salamanca, porque es pública, yo había investigado todo eso, pero me fue imposible; porque, claro, yo no podía trabajar y generarme ingresos, aunque hubiese querido… porque, cuando yo empecé a preguntar por trabajos en Salamanca, era bien difícil también”.

Deyni es una comunicadora hondureña que salió huyendo de su país, luego de recibir amenazas por su trabajo como periodista, por lo que buscó la forma de conseguir una nueva cita, y tuvo que pagar €40 a una tramitadora. De esa forma solo tendría que esperar seis meses para tener el permiso de trabajo.

Algunas fundaciones y organizaciones sin fines de lucro se mantienen al servicio de los migrantes que llegan al país sin orientación, brindando una mano amiga y, en muchos casos, incluso hospedaje temporal, tal como lo hace Cáritas Diocesana; un organismo de la Iglesia católica que atiende anualmente a miles de hondureños migrantes. “Una vez que una persona entra a España, pasado los tres meses, está en una situación irregular. Muchas veces no vienen ni con recursos para estar ni tres meses. Vienen con lo justo, y lo que suelen hacer muchos es pedir protección internacional, que es un programa en el cual las personas dicen: mire, yo he tenido que salir de mi país por razones de persecución fundamentalmente, por motivos políticos, religiosos etcétera, y, por lo tanto, solicito protección al Estado para que me dé la residencia.

El Estado inicia un trámite que suele durar, depende, un año, a veces más. Al acabar ese trámite, salvo que sean ucranianos o venezolanos, que les suelen dar permiso de protección humanitaria; a todos los demás, por lo tanto, a todos los hondureños, se les deniega la protección internacional. A menos que puedan demostrar muy fehacientemente con documentos que sí sufrían una persecución”, señaló el padre José María Cabrero, representante de Cáritas, en Toledo.

Según el informe de 2021 de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), Honduras ocupa el séptimo lugar entre las nacionalidades que solicitan asilo. Hubo 2,254 solicitudes el año pasado, frente a las 5,536 de 2020, lo que implica un descenso del 40% y que sigue la tónica del descenso de las personas procedentes de América Latina, debido al cierre de fronteras aéreas. En 2021, solo el 11,8% de los hondureños que solicitó refugio lo obtuvo. Eso implica que solo 553 de los 4,690 solicitantes de refugio fueron reconocidos como tal. Las peticiones de 4,125 hondureños fueron rechazadas, y otros 12 obtuvieron estatus de protección de otro tipo.

(Las solicitudes de asilo/protección internacional han ido a la baja en comparación al 2019. Ver gráfica)
En Madrid, Deyni logró obtener una hoja de resguardo que le indicaba que podría tener permiso de trabajo, en el mes de agosto de 2022. Además, está realizando un curso de hostelería y trabaja como corresponsal de un medio hondureño. Mientras espera la resolución a la petición de protección internacional.

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Nicole y Alicia: “Un trabajo no deseado”.
Nicole tenía dos años de no ver a su mamá. Viajó para reunificarse con ella en noviembre de 2019, pero también porque esperaba tener mejores oportunidades que las que tenía en Honduras, donde trabajaba como oficial de “call center”. Sin embargo, la pandemia del coronavirus paralizó el mundo y también su vida.

Pasó el 2020 encerrada en la habitación que rentaba su madre en Madrid, en un piso que compartía con otras personas. “Empezando por ese aspecto tan simple, como las casas. Como se vive aquí. Mi mami nunca me dijo cómo era compartir la casa con personas extrañas. Tenía que esperar mi turno de cocinar, bañarme y cerrar con llave mi habitación cada vez que iba a dormir”.

En junio de 2021, a Nicole le llegó una oferta para trabajar como empleada doméstica en una casa. El trabajo implicaba que estuviera al cuidado de una anciana las 24 horas del día y recibía 650 euros al mes. Nicole pensó que con ello podría salir del encierro y ayudar económicamente a su progenitora.

“Es complicado trabajar cuidando personas mayores, hay días en los que andan de mal humor y toca aguantarlos, y he tenido que adaptarme a todo eso, porque, aunque no me gusta, no tengo de otra”, dijo, y aseguró que piensa constantemente en regresar a Honduras.
El impacto del encierro, la soledad y la frustración de sentirse estancada laboralmente son factores comunes entre las personas que entrevisté para este reportaje. En el caso de una joven de 23 años que no quiso que se revelara su identidad, pero a quien llamaremos Alicia, se sumó, además, el deterioro de su salud.

Alicia me contó que padece de ovarios poliquísticos. En Honduras, para minimizar sus dolores, iba todos los días al gimnasio, pero al llegar a España y trabajar como interna cuidando a una señora de la tercera edad, el malestar por su padecimiento aumentó, debido a que no ha podido tratarse, ni hacer ejercicio porque no tiene horas libres durante la semana.

Me dijo que solo va dos veces al mes a la habitación que renta. “Al principio, no le paré tanta bola (prestar atención), lo que quería era trabajar, pero cuando fue pasando el tiempo me fui frustrando, porque yo en Honduras iba al gimnasio porque tengo quistes, y aparte de bajar de peso, me ayudaba en los quistes también; y cuando yo empecé a trabajar aquí, en los primeros meses, me bajaba normal, pero ya llevo tres meses que no me baja”, aseguró Alicia. refiriéndose a la interrupción de su periodo menstrual.

Para Ángel Castillo, un hondureño que migró hace más de 7 años y ha logrado triunfar con un emprendimiento de “marketing” digital; es lamentable ver cómo compatriotas que migraron recientemente adquiriendo deudas para viajar, tienen que regresar a su país, incluso, con una situación económica más precaria que la que tenían al salir del país, porque el salario que reciben es muy bajo y no logran adaptarse a la vida solitaria que enfrentan. “Muchas veces nos aventuramos a salir, sin haber investigado el país de destino y eso muchas veces es un error, porque la gente se hace una idea que van a llegar aquí a ganar 4,000 euros al mes y que en un año van a traer a sus familias, y cuando llegan ven que lo que van a ganar es mucho menos, y que deben de pagar un montón de cosas, y eso influye a que la gente se sienta decepcionada.”

Nicole actualmente tiene un mejor empleo, donde gana 950 euros y está a pocos meses de poder tramitar su residencia. Alicia se mantiene a la espera de una mejor oportunidad laboral, donde le respeten sus horas y días libres.
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Mabel y Daniela: “No es ideal, pero es posible”
Mabel está en una habitación con sus dos hijos y su esposo. Es agosto de 2021 y todavía ninguno de los dos tiene empleo. Todo es muy diferente a como se lo imaginaba. Está preparando los cuadernos que los niños llevarán a la escuela, feliz porque tendrán una educación de calidad, pero la preocupación la embarga, porque el dinero que traía para pasar los primeros meses se está agotando. “Yo creí que en cuanto llegara iba a encontrar trabajo, iba poder alquilar mi piso, comprar un carro, incluso, que iba poder mandar dinero a Honduras para comprar mi casa, ahorrando rápido, y no, sin papeles es imposible lograr eso”.

Me comentó que, gracias a Cáritas, su familia se fortaleció espiritualmente, y ha sobrevivido con trabajos por horas en los que no les solicitan un permiso, pero la independencia financiera ha sido lo más difícil de lograr, pues el dinero que se gana sin tener papeles no permite cubrir con todos los gastos.

Nada ocurrió con la velocidad que Mabel quería, pero a pesar de ello, asegura que su situación actual es mejor que como vivía en Honduras y aunque los primeros meses tuvo el deseo de regresar a su país, ahora se mantiene dispuesta a continuar su proceso migratorio. A la fecha, Mabel ya cumplió un año en España, tiene permiso de trabajo y renta su piso con su familia.

En términos de trabajo, Daniela corrió con muy buena suerte. Antes de salir de Honduras, ya tenía una oportunidad laboral segura en España. Una amiga de su familia le ayudó a conseguirla y, un día después de haber llegado, en abril de 2022, ya estaba recibiendo una capacitación para trabajar en un supermercado. Aunque finalmente no la emplearon en ese lugar por falta de experiencia, logró colocarse como cuidadora de un anciano los fines de semana, y trabaja realizando tareas domésticas por horas, de lunes a viernes.

Pero no venía acompañada como Mabel: Daniela dejó su núcleo familiar en Honduras y cada noche antes de dormir extraña el abrazo de su madre y su abuela. Según contó, en más de una oportunidad, eso la ha hecho querer retornar.

“El primer punto fue el miedo; el miedo al saber que dejaba a mi mamá con una patología diagnosticada en ella, sentí miedo al dejar mi abuela y mi núcleo familiar. Uno de los retos ha sido cuando me dije: ¿podré independizarme yo sola en un país desarrollado y no tener al lado mi familia?”, dijo Daniela, quien mantiene vivo el deseo de algún día reunificarse con sus seres queridos.

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De acuerdo a conocedores del tema, el aumento en el número de hondureños que deciden migrar es alarmante. “Tenemos un éxodo de hondureños yéndose, ya muchas veces no les importa ni a dónde. Solo es como medio saber que puede haber una mejor calidad de vida, una situación en la que no tengan miedo, que tendrán acceso a una justicia que funciona, que pueden tener acceso a salud. Hay muchas cosas más allá que el dinero que el hondureño busca. Por eso tenemos a una clase media también que ya está migrando.” Enfatizó Elena Toledo, miembro de la Fundación Eléutera.

 

Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

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